destellaban, hebras luminosas, de un amarillo
que insultaba con desprecio, los espacios
vacíos de sus palmas abiertas,
hacia los abismos de una nada, incorpórea
y latente.
Escupía palabras vacías, que apenas alcanzaban
el odio reprimido, en sus pupilas de azabache.
Amaba, no obstante, esa soledad virginal,
que en su silencio inviolable, se abría paso
entre una multitud, que agonizaba
en los tintes bermejos, de una tarde
que se cerraba, entre pétalos crepusculares.
Sus manos realizaban un movimiento errático,
en el exorcismo de unas formas no declinadas,
no admitidas por el canon de censura
del arte.
Quiso servir de cebo a los depredadores
del amor, sabiéndose cercana a la caducidad
de su juventud, en el imaginario de un artista,
despechado por sus musas.
Escrito en Mayo 2026 por Eduardo Luis Díaz Expósito.“zuhaitz”.
© Eduardo Luis Díaz Expósito.”zuhaitz”.

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