cambiar el decorado íntimo y secreto
del mundo.
Había un toque de alegoría en sus manos
y sus ojos eran espejos rotos, en un instante
de penumbra.
Había olvidado esa gracia que concede,
la dicha de compartir, y en su soledad,
pintaba con luz, todo aquello
que impresionaba sus pupilas, con un ápice
de belleza.
Esa belleza estática, que sólo mueve el viento
en el ramaje, de los árboles del paisaje.
Llevaba consigo, una bolsa llena, con algunos
gramos de locura, que intentaba compartir
y nadie quería.
La tristeza reflejada en su identidad
y una sonrisa de máscara, superpuesta
sobre su rostro.
Ya no pedía compresión, no alimentaba
su espíritu con las sobras de algunas
escenas de felicidad ajena.
Era un rostro marchito que, no obstante
brillaba en medio de la penumbra.
Una alegoría de la vida, que se meció
entre mechones de cabellos deshilachados,
sin un peine o cepillo, que consiga devolver
la prestancia de ese tiempo, que lo vistió
de añoranzas y recuerdos de cartón-piedra.
Escrito en Mayo 2025 por Eduardo Luis Díaz Expósito.“zuhaitz”.
© Eduardo Luis Díaz Expósito.”zuhaitz”.
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