en mis ojos, pero su rayo incidente hiere
mis retinas.
¿Cómo ignorar la cortante caricia que hiende
mis carnes?
Sí mi corazón se rebana en lonchas
sobre una bandeja de plata y olvido.
¿Por qué la sangre que siente y palpita
en rojo cegador, a mis pulmones,
durante un hondo suspiro, en asmáticas
neblinas se congestiona?
Quimeras de paja seca ardiendo, producen
la densidad del humo que ciega mis ojos.
La vida es un catarro mal curado, para aquel
que estornuda sus escasos sueños
y siente la tristeza del gozo que huye.
Nunca sabrá por qué su amor es desventurado,
sobre un labio febril que besa imposibles.
Se me clava en el alma, las aristas
de la estrella que está suspendida entre
mis sueños.
Los muertos no padecen. ¿Aman, tal vez?
La eterna rima, el pareado: sentimiento
y sufrimiento.
Poeta, por el amor menospreciado,
errante sufridor de luna incierta y una nueva luz
con que embriagarse, para despertar
a oscuras y buscar los espejos para
contemplar las lágrimas o cortarse las venas
con los asteriscos de las palabras.
Estático ante la quietud y mudez de tu figura.
Con esa sobriedad de enjuta faz estigmatizada
y un crujido en el esófago del alma,
hasta sentir el dolor en la médula ardiendo.
Escrito en 1985 por Eduardo Luis Díaz Expósito.”zuhaitz”.
© Eduardo Luis Díaz Expósito.”zuhaitz”.
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