del silencio, mientras la noche reposaba
en el lecho de los amantes, con la lámpara
cegada de unos párpados entreabiertos.
Habitaba el viento en mis oídos, como pájaro
invisible, cuyo aleteo cerraba las puertas
a otros sonidos más bellos y sutiles.
La luz llegaba hasta mis ojos en espinas
circulares, hirientes, desfigurando la imagen
de una mujer con pechos de granizo.
Sentí el ojo de su tempestad, moviéndose
en vaivenes en torno a mi cabeza, excavando
(Uña terrible) madrigueras en mis huesos vacíos.
El azufre del azar sobre el tuétano y una gota
de leche y miel sobre el labio abanderado.
El musgo cálido y húmedo entre las rodillas,
palpando un bulto, apenas imaginado,
donde las fantasías más morbosas se funden,
para dar paso a una procesión de nudos,
que atraviesan la garganta, impidiendo
la proyección de mis brazos hacia el fondo
decorado de tu figura.
A un paso, a tan sólo un paso, se hallaban
mis dedos de luciérnaga y quise posarlos
sobre tus cabellos, en medio de mi noche,
para llenar mis ojos de ti
Siempre estabas muy lejos y yo me sentía
desmembrado en un último esfuerzo.
Mi rostro se crispaba, ahogado en la angustia
y la tormenta pasó entre sombras, sin dejar
huella.
Con el alba lloré despertar a una muerte
vestida de luz y añoré el parnaso nocturno,
donde tú habitabas, derramando estrellas
y sonrisas, cada noche precedida
de tu ausencia.
Escrito en 1985 por Eduardo Luis Díaz Expósito.”zuhaitz”.
© Eduardo Luis Díaz Expósito.”zuhaitz”.
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