En la mente flotan aún escarapelas
y alguna insatisfacción.
Hilvanando ausencias, perdí la aguja de plata,
con la cual cosía mi existencia con algunos
retales de recuerdos y algún encuentro fortuito
con mi sonrisa.
Gotas de tinta sobre el corazón. Nada importa
y todo me preocupa.
A pesar de todo, a pesar de herirme las manos
con el cristal de los párpados rojos,
entresaco algún copo de nieve
entre las hogueras.
Con el labio sobre la arena, observo una bota
que pisa las cabezas que, sacuden
de sus cabellos la ira espumosa.
Vuelvo a escupir astros y miro hacia arriba
buscando una respuesta.
Una sonrisa obligada, con que alimentar
el fuego que me consume.
Las piedras pesan en mi interior.
¿Quién supiera de alud que se produce
en la memoria?
Los hilos que se enredan
en lúcidas constancias, aplacan el eco
dormido de una voz que, susurra despertares
que no existen.
Las estatuas lo saben y duermen por siglos,
la indiferencia de haber sido creadas.
La certeza del plomo que se angosta en nube
y desprende su fina corteza sobre la cal
de la tierra, no es sólo una apariencia,
sino una profunda ceja moribunda,
que a los ojos se oculta.
Días de cielo gris. Las nubes amenazan
galerna en los mares y tempestades
en la quietud del espíritu.
Escrito en 1985 por Eduardo Luis Díaz Expósito.”zuhaitz”.
© Eduardo Luis Díaz Expósito.”zuhaitz”.
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